Pana llama


Tres semanas más tarde, estoy de regreso en las orillas de este hermoso paraje: el lago de Atitlán. Aún sigue languideciendo aunque no lo parezca.

Deambulando y buscando nuevas opciones para comer, encontré La Palapa, que significa, en pocas palabras, rancho, como esos que se ven en la orilla de la playa. Es básicamente la identidad de Filipina, de origen malayo que significa “hoja pulposa”

El lugar lo administran estadounidenses, lo pueblan estadounidenses y tal parece que es solo para estadounidenses, aunque vi uno que otro lugareño y yo por ahí.

Por Q60, se complace el hambre de cualquier amante de las carnes. Media libra de arrachera, con ensalada de frijoles rojos, blancos, garbanzos y arroz, además de una generosa de pepino con tomate, cebolla morada, brócoli y coliflor, fueron suficientes como para no querer cenar. El puré de papa estaba igual de riquísimo.

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Un gringo tipo Ranger está a cargo de la barbacoa, mientras la administradora y el bartender reciben a cada cliente con mucha amabilidad.

De pronto, llegan más de ellos. Por la noche, el bar y la música en vivo cambian por completo el escenario. Hay mucha bulla, mucha divierta, mucha Panajachel.

Como hace dos años, volví a la cafetería frente a El Viajero, donde me hospedo, para disfrutar de un revitalizante café negro con un tabaco, mientras observaba a los transeúntes.

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Más allá del placer que comparto, siento un tanto de pena ajena por el lugar. Me recuerda, en parte, a la Juayúa actual: desordenada, bulliciosa, mal entendida como sitio obligatorio por conocer.

Desde que supe de ella, allá por 1996, siempre quise conocer Panajachel, vivir su arrebato y libertinaje que muchos de mis amigos conocieron mochileando.

Hoy lo saturan las ventas sobre las aceras. Aunque, a ratos, estas no son necesarias, la necesidad de muchos comerciantes por sobrevivir del comercio que produce el turismo mantiene el desorden.

calle panajachel

Las mototaxis son evidentes porque son muchas. Por un instante, pensé que era una caravana como la que recorrió la capital hace unos meses para reclamar igualda laboral y cese al hostigamiento de la autoridad de tránsito.

Debo admitir que, después de la primera vez, me aburrí. La ciudad es tan chica que en unas dos horas se recorre al detalle. Los pueblos vecinos, por ser más chicos, no son la diferencia. Pero eso soy yo.

Si no has venido, haz el esfuerzo por dedicarle dos días. Camina, come, mira y haz fotos. Aún tiene mucho que dar para quienes no la han vivido como yo.

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Soy un periodista autónomo que genera contenidos para empresas en Guatemala, El Salvador y el resto de América Central.

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Publicado en periodismo multimedia

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