“El Mosquito” voló


A la salida poniente del Inframen, durante las elecciones de marzo de 2009.

A la salida poniente del Inframen, durante las elecciones de marzo de 2009.

Repentinamente, sentí un enorme vacío.

Mi madre me asaltó y me blandió la noticia de que “El Mosquito” voló a un sitio tan lejano que me atrae tanto como Afganistán.

Me lo dijo en seco: “Christian se murió. Olvidé decírtelo cuando nos vimos”.

A Christian le clavaron ese mote allá por los noventa, cuando éramos una especie de almas gemelas. Coincidíamos casi de facto en lo que íbamos a decir y estábamos pensando. Éramos adolescentes.

Gracias a él no alimenté homofobia. Sumirme en sus relatos de cada nueva pareja era intrigante. No tenía a muchos de confianza en la familia a quienes compartirlo.

“Vos buscás hombres mayores porque buscás la imagen de tu tata ausente”, le dije una vez después de escalar el muro trasero de la casa luego de una noche de juerga. Y coincidió con mi reflexión.

El momento más importante de su preferencia sexual llegó allá por el inicio de la década del 2000. Cuando su familia se enteró de una relación con un gringo y, como consecuencia, lo trataron como un leproso.

Me dio gusto abrirle las puertas de mi casa, de la apertura de mis papás para recibirlo y acogerlo como familia. Hubo un par más que también le tendieron la mano y lo acompañaron hasta el final de su existencia.

Para 2006, cuando mi papá llegó al término de su vida, habíamos cambiado. El tiempo y la distancia cambian a las personas. Aunque El Mosquito tenía un modo particular que ni él soportaba a veces.

Ya no éramos el tío-sobrino que solíamos ser. Aunque siempre nos saludábamos para nuestros cumpleaños. A penas eran tres días de diferencia y eso no se olvida así por así.

Pero El Mosquito (Dragón), el de la caricatura, era mucho más. Para él la vida era una aventura. Y vaya que le sacó provecho en cada instante que pudo.

Le encantaba la música selectiva. Por él conocí a Presuntos Implicados, Gloria Estefan y Fito Páez. Era un excelente chef. Me enseñó a partir tomates sin complicarme la vida y mostrar a los demás cómo se hace.

Era un crítico ácido de las cosas y un tamizador de situaciones con un sentido tan agudo que eso me hacía consultarlo a menudo para dudas existenciales.

“Vos lees un vergo para cogerte a las choleras”, me dijo una vez. Nada qué ver. Pero me gustó su forma de ilustrar mi amor por la lectura. A él le iba bien con la música, a mí con las letras.

Hace dos meses, nos encontramos con su hermana en un balneario, el lugar menos esperado y pensado. Nos pusimos al corriente en muchas cosas. La Beba me contó que estaba grave, convaleciente.

Me alegró saber que había pasado otra de las tantas tempestades de su vida. “A pura oración”, me dijo, lo habían curado. Incluso, le llamó una de mis hermanas que, básicamente, optó por ausentarse del núcleo familiar.

“Somos López, lo llevamos en las venas”, anudó la beba al ilustrar una de las características que nos destaca como familia.

“El Mosquito” voló lejos, lejísimos, allá donde Papá Memo, donde Mamá Tina; donde el tío Miguel. El cabrón se nos adelantó. Hoy escucharé a Presuntos para despedirlo.

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Soy un periodista autónomo que genera contenidos para empresas en Guatemala, El Salvador y el resto de América Central.

Publicado en Interioridades

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