Un cuento de mocos, lágrimas y ardores


Ordenamiento de calle Arce 26 de noviembre de 2010

Ordenamiento de calle Arce 26 de noviembre de 2010

Cuando digo que un poco de gas pimienta me hace falta, algunos creen que exagero o que simplemente estoy loco.

Claro, pensar distinto a la tangente te expone a que, además, tuerzan los ojos cuando dice algo por el estilo.

Solo quienes no han sentido el ardor en las fosas nasales, las cuencas de los ojos y la boca, no tienen con qué comprar.

La cara arde tanto como un trapo caliente cuando te los ponés para sacarte las espinillas en la adolescencia -aunque nunca padecí de eso-

La garganta se cierra tanto como cuando se traga saliva por accidente o de alguien más… La desesperación y ansiedad intensifican ese momento. No importa nada más que se acabe esa sensación… ni siquiera la seguridad personal.

Recuerdo que en una oportunidad cubrí una de las tantas marchas blancas que organizó el gremio médico de El Salvador. Era la época de Paco Flores, el ex presidente al que le molestaba que le dijeran Paquito.

Subíamos el final del paseo General Escalón cuando un helicóptero de la Policía Nacional Civil dio un par de vueltas antes de desaparecer.

Una oleada de gas pimienta descendió como el Espíritu Santo: sin avisar. Y sentimos su presencia. El grupo se disolvió a una cuadra del redondel Masferrer. Tras la angustia, la manifestación se reanudó

En otra ocasión, íbamos con toda la emoción y ansiedad del mundo para la “liberación” de la calle Arce en el centro de San Salvador.

Entonces hacía transmitía video en tiempo real mediante Internet para la Alcaldía de San Salvador.

Era casi medianoche. A lo lejos, las llamas de las barricadas improvisadas, detonaciones de salva –y uno que otro disparo de arma de fuego- intensificaban el momento.

Tras unas seis cuadras a trote y el equipo a cuestas, el cuerpo había calentado y las gotas de sudor poblaban mi cara.

“!Gas pimienta¡”, gritó uno de los que se habían adelantado. El pelotón de camarógrafos, fotógrafos y periodistas emprendió la retirada.

Pero era tarde. La brisa confabuló para que se nos quemara levemente el rostro y los mocos salieran a borbotones.

Se sabe que en esos casos debe llevarse agua con bicarbonato y una pañoleta, como mínimo. Pero en las carreras eso tan fundamental se olvida. La adrenalina es lo máximo.

Quien no lo ha sentido, no entenderá mi punto de vista. Aunque tampoco espero que lo haga. Solo aquellos que lo hemos experimentado sabrán a qué me refiero.

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Soy un periodista autónomo que genera contenidos para empresas en Guatemala, El Salvador y el resto de América Central.

Publicado en periodismo multimedia

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