Cuesta 10 pero pagas 11


Esta semana hice un trámite en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Guatemala.

A diferencia del de El Salvador, este es un sitio gigantesco, instalado en la ciudad.

En la tierra cuscatleca, esa cartera del Estado ha emigrado varias veces hasta asentarse en la periferia de la ciudad, específicamente en Antiguo Cuscatlán. Entre algunos aspectos que llaman mi atención es inaccesiblidad del transporte colectivo. Los ciudadanos deben caminar varias cuadras, si es que no van en taxi o vehículo propio.

La Cancillería guatemalteca es una casa antigua, mixtada con infraestructura moderna. El lobby principal es sucio y desordenado.

Hay cables eléctricos al aire. Los ventanales, que no son nada chicos, están cubiertos con un pliego de bagazo de caña prensada. Una que otra ventana, con marco de aluminio, no sirve. No parece una oficina de Estado.

Cuando se ingresa, a simple vista, se infiere que en algún momento fue una oficina. El techo de hormigón conserva la suciedad que dejaron las cuatro lámparas dobles. En su lugar, hay un par de focos de tungsteno.

Mientras se aguarda a ser llamado, es posible saber que, hasta en Rusia, hay una representación diplomática, así como en otras tantas latitudes. Lo curtido del mapamundi, de unos dos metros y medio de ancho, demuestra que fue creado hace mucho tiempo.

Cuarenta sillas de plástico blanco, con retazos de polvo, están a la orden de los usuarios. Y la puerta de vidrio, aunque tiene un brazo retráctil, debe ser cerrada manualmente. No funciona como debería.

Una vez pasada esa parte, la modernidad es perceptible en el edificio de recepción y entrega de auténticas. Por un momento, parece una agencia bancaria, por la voz electrónica que indica la ventanilla a la que hay que dirigirse.

La encargada de los pases no es nada amigable. Seguramente por tantas personas que debe atender a diario. Parece que está hastiada de su trabajo. Los de las ventanillas, excepto la de la seis, se encuentran en el mismo “mood”.

Pero lo que de verdad llamó mi atención fue la compra de los timbres postales que me pidieron como parte del proceso. No los venden ahí. Hay que comprarlos en otra parte, en la calle.

Los vende casi cualquier persona. El tortero de la esquina, el frutero, una mujer que deambula por la garita cinco y otro chapín ubicado en un estacionamiento público del costado norte. Este, además, ofrece el servicio de fotocopias.

Los timbres tienen precios distintos. Yo tenía que comprar dos de 10 quetzales, a penas 1.27 de dólar. Así que los pedí y cuando iba a pagarle me dijo que eran 22 quetzales…

-¿Cómo, cuestan diez pero pago once?, dije un tanto sorprendido, aunque de inmediato caí en la cuenta de que algo tienen que ganar. Un quetzal es una miseria para quienes estamos dolarizados.

Y continúe.

– Son veintidós, me replicó. Así que tuve que pagarlos. Como dije, un quetzal es un precio insignificante. De ahí recordé que en El Salvador ocurren situaciones similares.

En una ocasión compre chicles en la calle. Cada cajita de dos unidades cuesta seis centavos de dólar, pero te dan cuatro por veinticinco…

En resumen, es otra de las leyes de la selva de concreto: Cómprelo o déjelo, pues otro vendrá y se los llevará.

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Soy un periodista autónomo que genera contenidos para empresas en Guatemala, El Salvador y el resto de América Central.

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Publicado en periodismo multimedia, Publicaciones

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