La patoja de la señora de la comida se le fue


La patoja de la señora que vende comida en la esquina del cruce se fue. Por eso, hoy, la repartición de los platos en el almuerzo fue un caos. Tuvimos que esperar más de lo acostumbrado.

El patojo que entrega las tortillas y recibe los quetzales, ahora, tuvo que empaquetar los platos. No es su rol y eso retrasó más el despacho de los pedidos.

La otra patoja que siempre les ayuda -y no es de la familia- también tuvo que asumir la responsabilidad de la copia pobre de Ligia Elena, la cándida niña de la sociedad, que menciona Blades en su producción ochentera.

Digo que no es de la familia porque es flacucha y morena.

Estaba molesta y nerviosa. Sus miradas de reojo evaluaban a los comensales y la descubrieron. En todo caso, la señora de la comida y sus patojos son cheles, como decimos en mi tierra.

La congoja se proyectaba en la mujer regordeta por los años, los hijos, los genes o el descuido alimenticio y la falta de ejercicios.

Doña Angelita, una clienta con muchos años a cuesta, llegó por su ración. No tenía hambre, pero debía comprar, como es su costumbre.

– Hay, doña Fulana, no tengo hambre, repitió varias veces con desgane.

Fue evidente que, desde un inicio, tuvo la intensión de preguntar por la ausente. Y, en el enredo de la señora de la comida, aprovechó y se descosió.

– Hoy no ha venido su hija, lanzó la interrogativa con un tono de extrañeza mal intencionada.

Pareció que la señora de la comida esperaba ese momento y la persona indicada para vomitar su malestar. Pero nadie se lo había hecho notar. Quizá porque simplemente el hambre apremiaba y era lo último que pensarían.

– Se me fue, admitió, pero de la nada quedó enmudecida por el despegue de un Boeing de Continental que comenzaba a surcar el cielo capitalino en ese momento preciso.

Y prosiguió con el capítulo breve con el que justificaba porque no preparó el mole para el pollo frito y otro complemento para los platos de este día.

– Llegó a la casa y me dijo que se iba, le dijo a doña Angelita. La doña había preferido no preguntar por haber desatado el momento tan penoso. Mostró algo de arrepentimiento.

Y se vino un rosario de críticas, reproches y remordimientos.

– Yo fui papá y mamá, le di estudios hasta terminar la universidad, recapituló con mucho dolor. – Y aún así, se fue.

El patojo estiraba por la fuerza una bolsa morada para introducir un plato de los que habían pagado con anticipación dos personas que me antecedían. Mientras la señora escarbaba en los trastos un poco de arroz y otro de pasta.

La decena de comensales que aguardábamos turno quedamos en silencio. Si nos tomó por sorpresa la ausencia repentina de la patoja, ahora, queríamos escuchar más. Yo lo quería.

Los genes maternos de la fugitiva no le ayudan mucho. La traicionaron, me parece. Aunque para el amor verdadero no hay complejos.

Ella es una copia fiel de su mamá, una mujer pequeña y curtida de los brazos por la hora y media que necesitan en la esquina para recuperar la inversión y llevar el sustento al hogar.

En pocas palabras, la patoja no es una atractiva, tal y como la sociedad vende esos paradigmas.

Los ojos de la señora de la comida se turbiaron, expulsaban melancolía. El puré de papas se volvió un punto de fuga cuando puso la tercera cucharada junto al pollo frito que servía. Tuvo una regresión.

Pero no dijo nada más. Quizá para no resquebrajarse y arruinar la venta.

Doña Angelita, se marchó. Lo mismo hicieron los otros, que debieron aguantarse para recibir su porción. Y quedé solo con ellos.

Yo tampoco tenía hambre, aunque me decidí por una porción de chao mein.

Y me fui pensando en la aflicción de esa mujer, en el rol de los padres y la necesidad de libertad de los hijos.

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Soy un periodista autónomo que genera contenidos para empresas en Guatemala, El Salvador y el resto de América Central.

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Publicado en Interioridades

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