Dos cosas que no entiendo


Hay dos cosas que no entiendo, por más que intento hacerlo. Y no es falta de sentido común, no.

La primera

No entiendo por qué el viaje del presidente de El Salvador al mundo de Disney produce tanta alharaca. No significa que lo defiendo, pues no es arte ni parte mío. Él debería ser transparente con los ciudadanos.

Todos tenemos derecho de disfrutar los placeres de la vida. Por supuesto, sin que eso vaya en detrimento de una nación y, menos, de su economía.

Aunque los conocedores podrían sustentar que el mandatario no tiene que justificar lo que hace con su vida, me parece sano que sí lo hiciera, por razones de probidad. Si lo invitaron, qué bien.

Esto tiene cierto parecido con la boda real de Guillermo y Caterina. Pese a que esa nación está abatida por la crisis económica mundial, serán millones de dólares los que se gastarán. Algo similar al casorio de la reina de Inglaterra en el siglo pasado durante la guerra.

Y, para colmo de males, estamos frente a un exabrupto que, lejos de las pataletas y críticas sin fin, no revertirá lo ocurrido. Con el tiempo, vendrán, como es costumbre, otros aspectos en la agenda noticiosa que se encargarán de echarle tierra.

El Salvador desafortunadamente no es el país que la mayoría queremos. Es frustrante que, como ciudadanos, no tengamos mecanismos de efectividad inmediata para hacer valer los derechos de reclamo.

La segunda

Otra cosa que no entiendo es la función del ejercicio periodístico con relación a la delincuencia e inseguridad ciudadana.

Antenoche asesinaron a sangre fría a un camarógrafo del Canal 33 cuando viajaba en un bus. No éramos amigos, pero sí tuvimos la oportunidad de conversar poco alguna vez.

Se trataba de un todólogo, como muchos que existimos. Aparte de grabar los acontecimientos de la noche, los rastreaba, conducía su carro hasta el lugar de los hechos y editaba el material que recolectaba antes de irse a su casa.

Como él, hay muchos colegas y amigos que, a diario y desde hace mucho, chungueyan a la muerte sin tener la certeza de que llegaran a su casa al final de la jornada. Eso aviva mi paranoia. A diario, viajo en bus.

Los editores, jefes de redacción, directores de medios y sus propietarios dirán que es parte del riesgo de la profesión. Que si no te gusta, pues, te buscás otro trabajo.

Se rasgarán las vestiduras en cada asesinato de un miembro de su fuerza laboral. Dirán que era loable, amigo, compañero de historias interminables, que dejará una huella imborrable en la historia del periodismo y proclamarán el ataque contra la libertad de expresión.

Es incomprensible nuestro comportamiento ante este que es el flagelo mayor con el que convivimos a diario. Literalmente, estamos desprotegidos.

No gozamos  la seguridad de que nada nos ocurrirá, ni que nuestras familias no se verán afectadas por la violencia,  ni que el Estado garantice el mínimo de confianza, ni que su conductor no se vaya a chotiar al mundo de Walter Disney.

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Soy un periodista autónomo que genera contenidos para empresas en Guatemala, El Salvador y el resto de América Central.

Publicado en periodismo multimedia, pnc, policia, Publicaciones, san salvador, seguridad

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