El terremoto del 86 y yo


A mi media hermana, Celestina, tuvieron que pellizcarla para cortarle la conmoción.

Lloraba con frenesí. Temblaba como cuando te da fiebre. Y se ahogaba con su saliva.

Mi primo, Toto, no paraba de contar como en el García (Flamenco) todos habían corrido despavoridos.

Era la una de la tarde y mis papás no llegaban.

El entonces bulevar Venezuela había colapsado. De oriente a poniente, y viceversa, los carros no avanzan.

Todos los que estábamos en la acera veíamos al cielo, a los postes, al tendido eléctrico. A los cables.

En sus entrañas, la casa de mi abuela paterna era un caos. Similar al cateo que hizo el Ejército unos años atrás en busca de propaganda subversiva de dos mis primos.

Solo el enorme cuadro del Corazón de Jesús había quedado en pie. Lo demás era un desparpajo.

Chamba, mi hermano menor, aún resentía las tejas que le cayeron cuando corrimos en desbandada.

Y nos preguntábamos qué había pasado.

Aún recuerdo el traqueteo de las viejas estructuras.

Acabábamos de llegar de la J. Bran. Veíamos un capítulo del Pájaro Loco cuando nos asaltó el terremoto. Era 10 de octubre. Era 1986.

Con mis 11 años a cuestas, no salía del asombro. Había visto la tragedia de la guerra, al menos en la televisión de la vecina. Entonces no teníamos televisor. Y escuchado o leído las desangrantes noticias. Pero nada tan estremecedor como un terremoto.

Mis papás aparecieron caminando. Y nos fuimos a nuestra casa. No habían sufrido daños. Ni los vecinos.

Entonces el litro de Coca Cola valía cinco colones. Mi papá me dio para comprar una y almorzamos con panes. Sin nada.

La vieja radio café de baterías nos sirvió para interpretar el drama que se vivía en el centro de San Salvador. -Tuve la oportunidad de pasar por ahí unos días después. Cerca del Pollo Campero y Simán. El olor era penetrante; incluso a dos cuadras del Rubén Darío.

Unas horas después de ese viernes 10, unos amigos nos reunimos para comentar lo sucedido.

Luis “Mamá Tita” llegó a la conclusión de que aquel siniestro había ocurrido por dinosaurios que corrían libremente en el subsuelo.

Llegó la noche y tuvimos que dormir en una champa improvisada, la cual se convertiría en un ala temporal de la casa por unas dos semanas.

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Soy un periodista autónomo que genera contenidos para empresas en Guatemala, El Salvador y el resto de América Central.

Publicado en periodismo multimedia

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